Home > Experiencias

Experiencias

Sección dedicada a las experiencias de todas las personas que deseen contarnos cómo han vivido su viaje con Marhaba. Si has participado en alguno de nuestros proyectos y quieres hacernos llegar la tuya, ponte en contacto con nosotros. Saha.

 

 

 

 

El Begaa, algo más que un lugar

Seis de la mañana de un día cualquiera, en el desierto no hay calendarios. Me despierta la voz de Fátima susurrándome palabras en un idioma desconocido que sin embargo cada día me resulta más familiar. De todas esas palabras “harira” es la que me hace comprender que aunque la noche no ha tocado su fin, tenemos que levantarnos para preparar esa rica sopa y hacer el pan. Natalia está dormida a mi lado, le aviso de que es hora de despertarnos para preparar el desayuno.

Fátima nos alumbra con una linterna para ayudarnos a encontrar nuestra ropa y vestirnos, nosotras aprovechamos el hilo de luz para recoger nuestros sacos de dormir confort 5º en nuestras fundas y coger de las mochilas las cámaras de fotos con el fin de intentar inmortalizar esa nueva experiencia que para nada puede ni siquiera reflejarse en una fotografía.

Sentadas en el suelo, ayudamos torpemente a Fátima a pelar algunas verduras para preparar la harira, sin mesas, sin sillas, sin peladores, sin batidora, sin tantas cosas que parecen necesarias, con lo más básico e imprescindible. La cocina como toda la casa es de adobe, no hay agua ni luz corriente, se sirven de una batería para alumbrarse con alguna bombilla, el agua la traen del pozo en garrafas. En la casa no hay muebles, solamente algunas alfombras que sirven de camas por la noche. 

Fátima tiene 15 años, ella al igual que las chicas de su edad en El Begaa se casará muy joven con un hombre que seguramente no podrá elegir. Ellas mismas nos contaron que desde hace poco, al menos pueden rechazar al que no quieren, pero que estas cosas dependen de la familia. La vida de una chica de 15 años no difiere mucho de la de una mujer adulta dedicada por completo a las tareas del hogar, su infancia es reducida y su adolescencia nublada por las tareas domésticas y las responsabilidades.

Esa mañana pasó rápido, después del desayuno acompañamos a Fátima a dar de comer a los animales. La visita a El Begaa culminaba esa misma mañana pero antes de partir hacia Risani, celebramos la despedida en el local de la asociación de mujeres junto a todas ellas. Se encargaron de decorar nuestras manos con bonitos dibujos de Henna, nos animaron a bailar sus danzas, compartimos risas y palabras sin saber bien qué significaban, degustamos ese rico y característico té de la zona, pasteles y bizcochos elaborados por ellas mismas, se palpaba en el ambiente una unión especial hacia ese grupo de mujeres que sin tener nada nos lo habían dado todo con una gran sonrisa.

Siempre nos vamos de El Begaa pensando que el tiempo ha sido escaso y que la próxima vez tenemos que pasar más tiempo. Esta vez fué la primera y los resultados fueron tan positivos que sin duda Marhaba para próximas estancias solidarias tenía que prologar la convivencia en este pequeño pueblo rodeado de llanuras y las dunas del desierto.

En la furgoneta, todos intercambiamos nuestras sensaciones y pensamientos, hablando con un entusiasmo especial, estaba claro que esas miradas, esas vidas en medio de la nada, esas casas desnudas y esa fuerza con la que afrontan la vida en un lugar tan inhóspito, nos había tocado el corazón.

Me quedé embelesada, mirando a través de la ventana, ese paisaje árido con dunas al fondo y montañas al final de toda esa inmensa horizontalidad. Tiene algo que siempre me “atrapa”. Pensaba en lo intenso que puede ser a veces el tiempo, tanto que parece que han pasado semanas en lugar de horas, o días en lugar de minutos. Estaría bien de vez en cuando, apartar los relojes y medir el tiempo con el corazón. En El Begaa, sin duda mi corazón ha vivido mucho tiempo.

En unos meses me ví en otra furgoneta con otras personitas viajando de camino a El Begaa, en muchas caras se reflejaba la ilusión y las ganas de conocer, en otras el calor y el aplastamiento provocado por el poco espacio y las muchas personas que llenábamos la furgoneta. Nos recibió la asociación de mujeres con cierta timidez, escondidas detrás de sus pañuelos, con un apretón de manos y unos torpes besos que no acertamos a dar, unas veces cuatro otras tres, otras dos..... Nos presentamos con nuestros nombres pero no tardaron en cambiárnoslos por otros mas comunes de la zona, Sáhara, Aisha, Fátima, Saida.... Pronto el ambiente comenzó a llenarse de risas y palabras en bereber, enseguida empezaron a sonar los tambores acompañados de sus voces, a nuestras manos no paraban de llegar pasteles y vasos de ese rico té.

Antes del atardecer nos dividimos para partir hacia nuestras nuevas casas con nuestras nuevas familias. La que nos acogió a mí y a Sáhara (Pilar) es también una familia con pocos recursos económicos, que vive sin comodidades, sin luz corriente, sin agua, sin baño... Una familia muy unida con un gran respeto a los mayores, que conversa todas las noches, que comparte el día a día y que lucha en la misma dirección, una familia encantadora que desde el más pequeño hasta el más mayor nos hizo sentir como en nuestra casa.

Esa segunda convivencia también tuvo mucho de especial, pasamos un día entero de excursión con la asociación de mujeres y algunos niños en una pequeña y lejana montaña de rocas llamada el Cuerno de El Begaa, el grupo alegre y variopinto de Marhaba tuvo mucho que ver en que la música y los bailes no cesaran durante todo el día.

Hace sólo unos días que he regresado del tercer viaje a El Begaa, un pensamiento se reafirma: aunque cambien los personajes, lo que permanece inalterable son los sentimientos que nos produce esta experiencia.

Desde el punto de vista de Marhaba, este intercambio es mucho más que una estancia solidaria o una ayuda económica a las familias y a la asociación de mujeres. Los resultados reales son mucho más, son sentimientos intensos provocados por el cariño y la acogida de esta pequeña población, son momentos que cada uno guardaremos en nuestros corazones y nuestra memoria, un aprendizaje de nuevos valores, una nueva forma de ver la vida y de aprender a vivirla, simplificando en comodidades, aumentando el valor de la familia, de los bienes naturales, de la hospitalidad, del compartir, de convivir, de respetar.... Unas vidas sin cables unidas por la realidad.

Ir al El Begaa es como un viaje en el tiempo, años atrás. Un tiempo menos moderno del que mucho podemos aprender, los años que han quedado atrás también se han llevado todas esas enseñanzas que nos hacen un poco más humanos, menos materialistas y más cercanos al prójimo. ¡Un viaje que tiene como destino, el regreso!